Prefacio
Una botella de whisky reposa circunspecta en la mesa que está al lado de mi cama. Tiene varias horas intacta, aunque le quede más de la mitad de su pecaminoso y líquido contenido. Tiene exactamente cinco horas intacta aunque me muero, realmente me muero por tocarla, por beberla, por acabar con ella y con ésta mísera espera que me carcome. La cabeza me estalla de dolor cuando despierto y el sueño, la densa sudoración y los temblores no abandonan mi cuerpo ni por un segundo. Tiemblo y tiemblo, todo tiembla.
Como es costumbre la habitación está oscura e insólitamente fría, una vieja cama cubierta de ropajes vinotinto es mi propia Torre de Babel temblorosa y confusa. Tres cartas se amparan en la seguridad del suelo, junto a 27 hojas en blanco arrojadas dentro de una convulsión iracunda que siento he vivido antes ya.
Entre lágrimas que no siento caigo una vez más en un sueño profundo, en la oscuridad real.
Despierto y puedo ver con cordura un reloj de pared viejo y polvoriento, constato con asco que he perdido un día de vida en el sueño. Comienzo a reír con descaro y así pasan otras horas que ya recuerdo. El sudor aumenta y casi me ahoga, me penetra sin perdón y me asfixia. Y entonces lloro y me río sin poder distinguir con consciencia si me embarga la felicidad o más bien la tristeza.
Mis pupilas se dilatan y ha llegado él. Tiene siete años y ha nacido un ocho de algún mes. Sé que lo conozco pero no puedo recordarlo. Lo conozco pero no sé quién es. La angustia me perturba y me impide llorar más. Me levanto de la cama y lo abrazo sin pensarlo. No veo nada ya y sólo escucho el eco de mi respiración agitada y mis pulsaciones en taquicardia.
Pasamos minutos eternos abrazados, detenidos en el tiempo y muriendo en la fantasía de la inmortalidad que anhelamos con inocencia.
- He venido antes de irme, Javier. Hace tiempo que he debido partir ya.
- ¡No! ¡No! No puedes irte, no puedes dejarme. Eres lo último que me queda. Eres... el final.
- No puedo quedarme. Mi tiempo no es éste. Mi tiempo murió conmigo y sólo por ti aquí estoy. Me iré como vine, me iré con el último tren hacia donde estaremos juntos un día.
- Mi tiempo tampoco es éste y sin embargo aquí debo quedarme. ¡Maldito tiempo, maldito yo!
- Tu tiempo no es ninguno si con el tiempo te obsesionas. Tengo siete años y tú 14 más. He de irme ya, que el tren me espera, y te esperaré yo.
Un fuerte golpe de calor invadió todo mi cuerpo mientras mi respiración alcanzó un ritmo descontrolado. El dolor de cabeza me hizo perder el sentido mientras él desaparecía.
La botella de whisky estalló en mil pedazos.
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Hay que estar siempre ebrio. Todo está allí: es la única cuestión. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo, que rompe vuestros hombros y os inclina hacia la tierra, hay que embriagarse sin cesar.
¿Pero de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestra guisa.
Y si alguna vez, sobre las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso, en la soledad melancólica de vuestra alcoba, os despertáis, la embriaguez ya atenuada o desaparecida, pedid al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj y a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro y el reloj os responderán: "¡Es la hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo, embriagaos, embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o virtud, a vuestra guisa".
"Embriagaos", poema número 33 de "El Spleen de París, de Charles Baudelaire.
A veces resulta realmente complicado escribir después de tanto tiempo intentando escapar del vicio. Y no precisamente al vicio de beber, que ese está bastante bien establecido. No, no, se trata del vicio de escribir, que como todos estos males es más un demonio interno que un elemento ajeno y pernicioso, si nos ponemos a pensar en ello. Creo con lealtad que es ese también un problema de percepción, y de la percepción errónea es que tratan todas éstas palabras que hoy aquí arrojo intentando, vaya ridícula ironía, percibir yo mismo qué es lo se percibe.
Suena contradictorio, pero ciertamente la escritura es un vicio complicado de retomar.
Me encontraba yo discutiendo teorías con alguien digno de ello cuando me di cuenta que nuestro problema (el de él y yo, aunque eso no venga del todo al caso) es básicamente de percepción y de falta de sincronía en los tiempos en los que percibimos las cosas. Luego de tan trascendental revelación, me fue posible abandonar el ego y darme cuenta también que no es que sea mi problema personal (que tengo bastantes, vamos) sino que es el problema de la humanidad, de los hombres, de las mujeres y del universo mundo completo. Percibimos cosas como ciertas sin serlo, y con una facilidad pasmosa y realmente aterradora las volvemos parte de nuestro sistema de creencias, endiosándolas hasta el punto de transformarlas en leyes de nuestra vida y nuestro comportamiento.
El problema de todo eso no es solo la rapidez, sino justamente creer cosas que no son verdaderas y aferrarnos a ellas como el personaje del prefacio arriba relatado se aferra a su alucinación. Es que es un vicio humano frecuente, ese de aferrarse hasta las últimas consecuencias aún cuando no sabemos, o conocemos del todo eso a lo que nos aferramos.
Pero volviendo al asunto de la falsa percepción, es posible e incluso increíblemente sencillo identificar cuando ésta ocurre. Viene de la mano de su hermana mayor, la mentira propia, que es aquella que nos decimos a nosotros mismos para minimizar una sensación incómoda, triste o desagradable. ¿Va teniendo sentido, no? Sí. Todos nos damos cuenta cuando algo no cuadra, no tiene sentido o está tan maquillado para parecer normal que raya en la burda y vergonzosa parodia. Lo sentimos, porque la falsa percepción, más que ella misma, es la sensación de engaño que nos deja.
Por supuesto que la capacidad de identificar esa sensación radica a su vez en la habilidad de cada quien para ser sincero consigo mismo. Y eso, estimados compañeros, es un asunto muy poco frecuente. Para ilustrar un poco el objetivo netamente pedagógico de éste blog, he aquí una reducidísima lista de casos habituales de falsa percepción:
1. Ese amigo que todos tenemos (o teníamos) y que está tan hundido en su propio fracaso que busca todo el tiempo excusas para continuar sus errores. El caso más grave es cuando la falsa percepción de sí mismos los ahoga y no les queda otra que huir y buscar un nuevo lugar donde cometer errores, nuevos o repetidos, amparados en la falsa creencia de que sus irreparables defectos les hacen seres especiales, dignos de comprensión e incluso de admiración (si el delirio se ha salido realmente de control). Se "escriben" una historia absurdamente alterada y edulcorada de sus propias vidas y viven, como no, en un estado de perpetuo engaño y sopor. A estos individuos los conocemos todos, cada uno en su mayor o menor grado de involución.
2. Ese otro amigo que también todos tenemos y que, obsesionado con el hecho de tener pareja, exagera e idealiza los atributos (ciertos o falsos) de su novio o novia. El punto radical de la falsa percepción es cuando se invierten los defectos del ser "amado"y se les perciben como virtudes. A este tipo de falsa percepción le procede la negación cuando ocurre una infidelidad o la negación de las amistades en nombre de la conservación de la relación. Cuando esto pasa, además, les resulta inexplicablemente sencillo percibir que todo está bien cuando en realidad están a punto de dejarlos. Si vieron 500 Days Of Summer recuerden la secuencia de Realidad vs Expectativas.
3. El que cree que Venezuela es un país bello y rico. No creo necesario aclarar más.
4. El delirio del narciso, que, como el primer caso, exagera sus virtudes y justifica su comportamiento en base a una admiración desmesurada del propio ser. La falsa percepción radica en creer que se está bien cuando se está mal, en ubicar en locus externo los propios errores, siendo usualmente este locus el hecho de ser joven y de no saber qué se quiere en la vida. La falsa percepción es realmente peligrosa en este caso si el no tener nada definido se vuelve un fin en sí mismo. Es el caso del eterno retorno y de la repetición de patrones de comportamiento no efectivos que se convierten en la pesadilla de estos individuos cuando pretenden, aún sin saberlo, alcanzar la felicidad propia con métodos que se les vuelven, sorpresivamente, el ciclo infinito al que tanto le temen.
5. La falsa percepción del que se cree feliz y acompañado, sin serlo. El problema fundamental está en lo poco capaces que son algunas personas para dedicarse a evaluar su estado emocional real. Algunos, cómo no, están demasiado ciegos para ver lo lejos que está su realidad real de su realidad ideal y creen, claro está, que todo está bien como está. Bueno, no es que lo creen realmente, sino que perciben que lo están. La pérdida del tiempo es abismal en cuanto no dedican ni un segundo a evaluar con sinceridad lo que perciben, prefieriendo embriagarse en la autocomplacencia de una vida que, vaya pesadilla, no les gusta para nada.
6. La falsa percepción del que cree que no sufre de mala percepción, siendo humano y vulnerable para siempre a ésta.
Cerrando así la lista es necesario admitir que la condición humana nos hace víctimas perennes de la falsa percepción. Y es que la falsa percepción es producto del mayor o menor grado de subjetividad que tenemos como hombres y mujeres finitos. La diferencia una vez más está en la elección y la consciencia que tenemos unos y no otros de la posibilidad de ésta falla y la decisión que tomemos de evitarla como arma fundamental contra el error. El método es sencillo, y pasa por el necesario cuestionamiento de la verdad y de lo que queremos asumir como nuestra verdad. No vaya a ser que, creyéndonos racionales, la racionalidad se vuelva meramente subjetiva y esclava de nuestros más ocultos temores inconfesos.
Lo cierto es que, como en el prefacio, resulta más sencillo embriagarse y dejarse llevar por las mentiras que nosotros mismos nos decimos para evitar descubrir qué es lo que realmente nos sucede. Me atrevo a afirmar que la falsa percepción es más peligrosa que el alcoholismo, pues no deja efectos físicos visibles y destruye más la vida propia que una noche maravillosa de ebriedad y diversión. Es terrorífico observar a miles de esclavos de sus alucinaciones, que existen y no viven. La existencia es radicalmente diferente a la vida. Embriagados estamos siempre que nos entregamos a la existencia y renunciamos a la racionalización de la percepción.
Y lo triste es que el tiempo pasa, el tiempo no se detiene con la existencia, sino que más bien nos gana en velocidad con cada renuncia a la vida. El suicidio mental es mil veces peor que el físico, en cuanto engañoso y desleal amigo. Embriagados, el tiempo, queridos amigos... el tiempo nos aplasta mientras percibimos que existimos.
Es posible elegir.
La vida es una elección. La percepción es una mentira.
"Fe significa no querer saber la verdad."
Friedrich Wilhelm Nietzsche
Die- Übermensch!





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